Abrimos esta nueva sección en donde traeremos casos que, debido a la escasa información o el poco material audiovisual, no es posible dedicarles una entrada completa, por lo que hemos decidido juntar 3 de ellos en una misma entrada. Tres casos tan atroces como inquietantes.
1- Ivonne Edith Gallardo
Ivonne era una niña de 9 años, oriunda de Bahía Blanca, que fue vista por última vez el 14 de agosto de 1993 cuando salió de su casa y fue a visitar a unos amigos, que vivían en la calle Pasaje Podestá 1059, a unas cinco cuadras de su vivienda, en la calle 25 de Mayo 270. Mirta Gordillo, la madre de la menor, denunció su desaparición en la comisaría Primera y se desplegó un impresionante operativo para poder localizarla.
| Ivonne Edith Gallardo |
Efectivos policiales (con la intervención de un grupo especializado proveniente de Mar del Plata), familiares, allegados, videntes, parapsicólogos y otras personas relacionadas con esa actividad se sumaron a la búsqueda. También el entonces intendente Jaime Linares brindó su colaboración y distribuyó cartillas con la foto de la niña en todos los comercios y lugares públicos de la ciudad.
El 28 de septiembre su familia y amigos realizaron una marcha de silencio para reclamar por el esclarecimiento de la desaparición. Tristemente, las peores noticias llegarían siete meses después. El 30 de marzo de 1994, un operario encontró restos humanos de una menor al remover montículos de sal en una barraca ubicada en Río Negro al 1.002. La investigación posterior confirmaría que se trataba de Ivonne.
| Lugar donde se encontraron los restos de Ivonne |
La policía hizo todo lo posible para aclarar el crimen. Para su infortunio, la falta de pruebas concluyentes, y el prolongado tiempo transcurrido que borró muchas huellas, jugaron un poco contra el esclarecimiento del crimen. Aún así los investigadores se esforzaron en encontrar al responsable del asesinato de la niña, un entorno de no más de una decena de personas podía aportar datos fundamentales para tratar de esclarecer el hecho. Fue así como, con la intervención de pesquisas provenientes de otro punto de la provincia (enviados por la Superioridad policial), se logró la detención de un sospechoso: Héctor "Cheto" Medel, cuñado de Patricia Delgado, la dueña de la casa donde Ivonne estuvo por última vez. En esa casa también vivían María Laura (7) y Nicolás Medel (4), hijos de la pareja y con quienes se reunía a jugar Ivonne. Precisamente, en esa oportunidad, el "Cheto" se encontraba allí.
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| Los titulares |
El 14 de julio el sujeto fue involucrado en el crimen por Delgado en una declaración prestada ante la policía. El juez Juan Leopoldo Velázquez le dictó la prisión preventiva. Pero, cuatro días después Delgado rectificó su testimonio y denunció que había sido presionada para acusar al "Cheto". El 5 de agosto la Cámara de Apelación, Sala I, ordenó la libertad de Medel, al considerar "formalmente insuficientes" los elementos de juicio en su contra. Medel quedó desvinculado de la causa mientras que Patricia Delgado fue condenada por falso testimonio a una pena en suspenso.
Pasó el tiempo y la jueza María Pía Fava de Solana dictó el sobreseimiento provisorio del sospechoso. Transcurridos los términos legales, se convirtió en definitivo en junio de 2000.
Ni siquiera la pericia de los cabellos encontrados en una mano de Ivonne (a la que se asignaba importancia) fue determinante.
Años después, Mirta hablaría ante los medios sobre el caso:
"Aparentemente fue una muerte accidental, según lo que nosotros pudimos resumir. Él la golpeo, le dio una cachetada o algo así, (Ivonne) cayó y se desnucó contra la cama de caños, antigua, que había en la casa. Según el informe forense, la nena tenía una cachetada en la cara y un golpe en la nuca."
| Mirta Gordillo, madre de Ivonne |
"Yo pienso que, por más que uno tenga todo el cuidado del mundo, las cosas pasan. Y no tuvimos Justicia, porque no pudimos probar enteramente que había sido esta persona. Quedó sobreseído, y eso me pareció muy mal porque se le dio muy pronto. Se tendría que haber investigado más, se tendrían que haber hecho más cosas. Con el sobreseimiento me cerraron las puertas", cuestionó
"Perder una hija es una desgracia. Y el de ella fue el primer caso tremendo que hubo y la gente de la policía no estaba preparada, no sé qué pasó con la Justicia.", reflexionó.
"Las nenas habían estado jugando en el dormitorio y no se olviden que ahora Laura es una mujer... Y después de muchos años ella comentó algo de eso. Que no la quisieron matar. Lo que pasó es que este muchacho, no hacía mucho, había salido de la cárcel, se asustaron y se deshicieron de la nena. Esa es la verdad.
Nosotros lo dijimos antes, ahora y siempre, el autor del crimen fue el 'Cheto' Medel, creo que se llama Héctor, y quien ese día estaba de visita en la casa. Incluso, cuando se creó la Comisaría de la Mujer, la comisario (Liliana) Pineda, quien había sido la escribiente en el momento (el hecho), intentó reabrir la causa pero no se podía.El hecho de saber cómo fue me dio la tranquilidad que mi hija no estaba violada, que no la quisieron matar, que era una niña que no estaba haciendo una cosa mala. Fue una desgracia".
Por su parte, Liliana Gallardo, tía de Ivonne, también habló al respecto y aseguró que "Faltó profundizar".
| La familia de Ivonne |
También opinó el padrino de Ivonne:
"Yo quedé muy disconforme con la actuación policial, para mí faltó profundizar. Nunca tuvimos una respuesta positiva. Nos dijeron que no se pudo comprobar, si el cuerpo estaba conservado por la protección de la sal. Todo quedó en el aire.
Un buen porcentaje de que nunca se pudiera descubrir quién la mató yo se lo doy a la incapacidad policíaca, y no por otra cosa. Algo hubo en esa casa que la nena vio o escuchó, y que no tenía que salir de ahí. Y por eso la tenían que callar. ¿Qué fue?, no se sabe".
"¿Por qué nunca resolvió nada?”, es lo que sigue preguntando Liliana. "Y esa sigue siendo la injusticia que tenemos hoy”, agregó.
"Yo lo llamo negligencia, pero tiene otra palabra. No sé si son coincidencias...", agregó el padrino de Ivonne.
El caso de Ivonne fue uno de los más emblemáticos de Bahía Blanca por sus características que había mantenido en vilo a toda la comunidad. Además de la injusticia, resulta curioso que se le recuerde poco y nada.
(Algunas imágenes e información fue sacada de La Nueva)
2- La Familia Rocataglia
El protagonista de esta historia fue un italiano radicado en el Perú, José Rocataglia, de quien se dice que era duro, avaro, silencioso, además de vivir solo y cuyo único objetivo y fin de vida era su trabajo. No se le conocían ni familia ni amigos. Se dedicaba a alquilar los altos de El Jardín de las Delicias, un “recreo” fue frecuentado por los limeños de la Lima del 900, ubicado en la calle Malambo (Rímac).
Don José llegó a Lima como muchos italianos, sin un centavo en el bolsillo y, con el tiempo, arrendó Las Flores, un fundo en el valle de Piedra Liza. Se quedó soltero por vocación, pues consideraba que la mujer era un rubro más en los gastos. Su casa en El Jardín de las Delicias era un lugar solitario y oscuro, hasta que se fue llenando de familiares que vinieron desde Italia. El primero en llegar fue Antonino, sobrino mayor; después, Carlo, el hermano de Antonino; y, finalmente, doña Luisa, madre de Antonino y Carlo. Al sobrar habitaciones, no hubo problemas para acogerlos, aunque el tío José los acogió en silencio. De lo que se sabe, a la única persona que don José deseaba tener cerca en su hogar era a doña Carlota Boerro viuda de Rocataglia, su madre, pero ella se resistía a cruzar el océano y abandonar su Italia natal.
Todo ese mundo, aparentemente, tranquilo, cambió radicalmente cuando se encontró el cuerpo de don José tendido boca abajo en las afueras de la ciudad, cosido a puñaladas. Se dijo que habían sido “bandidos”, que a veces atacaban a algún hacendado: "el arrendatario de Las Flores se habría resistido a un robo y lo mataron". Eso fue lo que se afirmó en los diarios, pero pocos creyeron la versión. De esta manera, el vecindario comenzó a espiar los altos de El Jardín de las Delicias de la calle Malambo. Mientras tanto, los “deudos” organizaron un entierro de lujo, con capilla ardiente y un ataúd ovalado con forro interior de terciopelo, una verdadera joya que el difunto jamás se habría permitido. Esta exagerada generosidad dio demasiado que hablar.
Hasta 1908, la policía aún no podía ingresar a la intimidad del hogar. Lo más leído eran las notas de crímenes y policiales llegaban por correo de Ultramar o Buenos Aires. El crimen local carecía de interés, parecía rudimentario o impremeditado. Pero el crimen de Rocataglia animó la escena criminalística nacional.
Se abrió una hipótesis: José Rocataglia solamente vivía para trabajar. Su hermana Luisa protegía a sus hijos Antonino y Carlo. Los sobrinos codiciaban la fortuna construida por su tío. Lo más simple e inocente sería interesarse por el testamento. El italiano moriría intestado. De esta manera, ellos se quedarían con la fortuna sin mucho esfuerzo y no se levantaría sospechas. Para ello se podría encomendar a doña Luisa para que sondee al viejo José; un gruñido fue la respuesta. Ninguna cabeza desconfiada podría imaginar la trampa tendida.
Los sobrinos Rocataglia tomaron la decisión y contrataron un asesino. Se desconoce los pormenores de cómo lo contactaron, los términos del acuerdo, los planes posteriores, pero la mañana del 7 de julio de 1908, José Rocataglia amaneció muerto. Todas las semanas que siguieron al crimen no se obtuvo información. La familia siempre contaba con coartadas, especialmente construidas por Antonino. A falta de mejores pistas, se pensó que pudo ser una venganza debido a que Rocataglia era un patrón avaro y despótico, pero esta hipótesis pronto se descartó. La familia dejó pasar un tiempo y comenzaron a realizar el papeleo respectivo con sumo cuidado. Contrataron a un abogado de prestigio, presentaron los papeles de doña Carlota Boerro, heredera universal de todos los bienes. La sucesión intestada comenzó a resolverse mientras que del crimen no se sabía nada.
La sospecha se hizo evidente cuando los sobrinos se presentaron en el Callao con pasajes de ida a Panamá. Era el movimiento esperado: la policía los atrapó antes de abordar. Pero las coartadas de los sobrinos seguían siendo perfectas. Se habían despedido con una gran fiesta, llevaban encomiendas de las amistades y vendieron la cancha de bochas que administraban en sociedad y con ese dinero compraron los pasajes. Partían a Italia por unos documentos que doña Carlota les entregaría personalmente. Habían ocultado entre el equipaje cartas y papeles confidenciales que repetían escrupulosamente su versión de los hechos. El juez los retuvo mientras pudo.
Súbitamente apareció un testigo tardío que dio la descripción de un hombre que huía del escenario del crimen. Un pantalón fue la pista que siguió la policía hasta dar con un hombre llamado Manuel Camacho. Respondía justamente a la descripción dada y tenía un pantalón que reconoció el testigo. La clave en el pantalón era que había unas enigmáticas manchas de óxido que solamente podía ser sangre.
El caso Rocataglia tomó un giro sensacional. Los peritos examinaron el pantalón practicando un análisis químico. Las manchas parecían ocultar un caso perfecto. Sin embargo, el resultado del análisis fue decepcionante: zumo de plátano y ni rastro de sangre. La policía, sin ser demasiado científica, mantuvo a Camacho en prisión. En cambio, Antonino y Carlo, gracias a su buen abogado, obtuvieron la libertad y partieron en el primer barco que salía del Callao. La tormenta se recayó a doña Luisa.
Doña Luisa Rocataglia, viuda de Porchella resultó ser un personaje siniestro. Ella continuó viviendo en Lima y complicó y enredó la trama, aunque antes tuvo que morir otro inocente. El viejo tío José tenía secuestrada a una muchacha (o sobrina, no se sabe exactamente) que esperaba un hijo suyo. La herencia habría de ser para este vástago indeseado si doña Luisa no tomaba en sus manos este asunto: la muchacha bebió una de sus pócimas que precipitó el parto fatal. Entonces intervino la autoridad: dos muertos en los altos de El Jardín de las Delicias era demasiado.
Cuando la policía finalmente ingresó al hogar de los Rocataglia, comenzó a descubrir una intriga de odios y vilezas familiares. Una evidencia sacó a la luz a la otra. Apareció el autor material del crimen: el asesino a sueldo llamado Feliciano Casquero, muy parecido físicamente al pobre Manuel Camacho, que estuvo preso más de un año por tener un pantalón “manchado” de sangre. Doña Luisa terminó sus días en el pabellón de mujeres de la cárcel de Santo Tomás. Cuando la conspiración salió a la luz, solamente quedaban ella y una sobrina pálida e inocente en los altos de El Jardín. Antonino y Carlo desaparecieron para siempre. La herencia de José se fue diluyendo en costos judiciales y tasaciones. Al final, el “prestigioso” abogado se alzó con todo.
Así quedó cerrado el caso Rocataglia, con doña Luisa en la cárcel y sus hijos fugitivos en algún lugar del mundo, sufriendo el enorme castigo de no volver a ver nunca más a su madre.
3- el “Chacal del Reparto Schick”
Oscar René Espinoza era un asesor financiero en una empresa que vendía piezas automotrices cuando conoció a Ruth Polanco Vallecillo, una gerente de calidad en una Zona Franca de Carretera Norte, quien por aquel entonces ya tenía dos hijos de una relación pasada: Walter José y Miurel McField , entonces de 1 y 7 años de edad, respectivamente. La pareja tuvo una relación tranquila durante tres años, hasta que decidieron ir al altar. La familia viviría en una casa situada en Reparto Schick, Managua.
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| Oscar junto a Ruth sus hijos |
La pequeña Miurel nunca aceptó la relación de su madre, pues estaba convencida de que Oscar era un hombre malo. Sus palabras no eran poca cosa: el hombre insultaba a los hijos de su esposa y se paseaba desnudo delante de ellos.
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| Miurel McField Polanco |
Los desplantes de la pequeña, sumado al comportamiento inapropiado y varios pleitos habían convencido a Ruth de que su esposo no era bueno, por lo que, priorizando a sus hijos, tomó la decisión de separarse. Ruth le pidió Oscar que se fuera de la casa. Él respondió con un manipulador intento de suicidio con sábana. Su estadía en la vivienda se prolongó por un tiempo, lo suficiente para él también tomara una decisión; estaba convencido de que sin los niños él y Ruth podrían ser felices.
La mañana del 21 de agosto de 1998 Ruth, mientras alistaba a sus niños para ir a la escuela con ayuda de la niñera Alba Lubi Chica Dávila, de 35 años, escuchó a Oscar decir que ya volvía, ella no quiso saber adónde iba, en ese momento su único deseo era que tomara sus cosas y se fuera de la casa. Poco después, Ruth dejó a sus hijos en la escuela y luego se marchó a trabajar.
Ya en el trabajo, como a eso de las 11:00 de la mañana, Ruth sintió un mal presentimiento cuando descubrió que había olvidado las llaves en la casa. Llamó por teléfono y respondió Miurel, cruzaron algunas palabras:
—"Mamita, ¿me das permiso de ir en la tarde a hacer tareas donde la Karen y después andar en bicicleta?" —refirió la niña.
—"Bueno, pero que se salga doña Alba a cuidarte" —ordenó Ruth.
—"Mamita y a mí me traen algo ¿oye?" —interrumpió Walter acercándose al teléfono.
—"Sí mi muchachito".
Ese fue el último acercamiento que Ruth Polanco tuvo con sus hijos.
Cerca de las 12:30 del mediodía, Oscar bajó de un taxi y entró a la casa en busca de unas cartas que debía entregar al Tecnológico Nacional (Inatec), en la entrada Miurel de 11 años lo confrontó y sin rodeos le dijo que se fuera de la casa.
Espinoza la miró con ojos endemoniados, se dirigió al pantry preso de la cólera, tomó un cuchillo y fue al cuarto donde la niña miraba televisión con su hermanito, la obligó a escribir “si querés viva a tu hija tenés que entregarme cien mil dólares”, en la última hoja de su block, luego se abalanzó sobre ella y la degolló. El pequeño Walter, al ver la horrenda escena, empezó a gritar y el asesino lo alzó de la silla y le clavó el arma en el estómago, para después degollarlo.
La tercera víctima fue Alba, que en ese momento se encontraba en el patio lavando ropa; la sorprendió por la espalda clavándole un machete en la nuca. En lo que arrastraba el cuerpo hacia el cuarto de los niños, miró a la pequeña Miurel corriendo mareada rumbo a la calle, logró alcanzarla y volvió a acuchillarla hasta cerciorarse de que estuviera muerta. Finalmente, reunió los cuerpos en el cuarto y los acomodó boca arriba, con los brazos abiertos en forma de cruz y las cabezas juntas.
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| Las armas utilizadas por Oscar |
Al ver su desastre, Oscar quiso limpiar un poco con un lampazo, pero al notar que era imposible optó solamente por limpiarse los zapatos y buscar otra camisa, ya que la que llevaba puesta estaba ensangrentada. Esa tarde, antes de volver al trabajo, llegó donde su expareja Damaris Estrada Salgado y le pidió que le lavara la camisa ensangrentada, luego se fue al trabajo.
A las 6:30 de la noche, Ruth Polanco regresó a casa, Oscar había resuelto ir a traerla al trabajo. Miró de largo la extraña oscuridad de la vivienda y pensó en un cortocircuito. Caminó rápidamente y al llegar a la entrada se percató que no había candado.
Corrió al cuarto de los niños, donde al parecer estos miraban televisión y al abrir la puerta distinguió el cuerpo de Alba tirado en el suelo, sintió alterarse porque creía que el cortocircuito los había quemado, pero en ese instante el Chacal encendió la luz y sus ojos observaron perplejos la escena más espantosa; la niñera y sus dos hijos yacían muertos en medio de un charco de sangre.
Aunque en principio Oscar intentó convencer a Ruth de un robo o intento de secuestro, ella no se tragó la historia. “¡Creo que fuiste vos el que me los mató! ¡Porque vos los odiabas!”, dijo entre llantos. Ese mismo día, Ruth entregó a su esposo a la Policía, pidiendo que lo investigaran por los asesinatos. Cuatro días después, Espinoza confesó delante de la juez Ada Benicia Vanegas que él había asesinado a sus hijastros porque le hacían imposible su relación con Ruth y en torno a la empleada, dijo que tuvo que matarla porque podía delatarlo.
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| Oscar René Espinoza |
El comisionado Francisco Díaz, (en ese tiempo) jefe del Distrito Cinco de Managua, estuvo al frente de las investigaciones del triple asesinato y sostuvo que desde el punto de vista técnico y científico, el único autor de la masacre era el padrastro de los niños.
Días después de haber confesado los crímenes, Espinoza da pie atrás y se declara inocente. Afirma que la Policía con maltratos físicos y psicológicos lo obligó a culparse. Luego, la Junta Médica del Hospital Psiquiátrico Nacional establece que padece un trastorno de personalidad que lo convierte en un sujeto antisocial, psicopático, asocial y amoral.
En febrero de 1999, Espinoza es condenado a 30 años de cárcel, pero 10 años después, en 2009 supuestamente por "buen comportamiento” y en un proceso anómalo es puesto en libertad. Espinoza salió escondido de La Modelo en una camioneta Toyota Hilux placas M0559793, color blanco y se dirige a la sede de la Corte Suprema de Justica donde su hermano, Róger Espinoza Martínez (en esa época) es administrador general. Su abogado, Virgilio Mariano Flores Arróliga argumenta públicamente a favor de su cliente que este había tenido un comportamiento ejemplar en la cárcel.
Estuvo cinco años en libertad, pero en 2014 fue enviado nuevamente a prisión debido a las anomalías del proceso. Espinoza se convirtió en pastor evangélico en la cárcel y cumple su condena hasta 2029.
Oscar René Espinoza sería apodado El “Chacal de Reparto Schick”. Su caso revivió en Nicaragua el debate sobre la pena de muerte e hizo que la pena máxima de 30 años de cárcel se viera ridícula.
















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